Farfalla
🦋 O por qué la IA nunca podrá ser original, explicado con una mariposa
En 2023 tuve la oportunidad de estar 3 semanas en Colombia. Recorrí todo lo que pude del país, aunque tengo pendiente volver. Una de las paradas fue en el Valle de Cocora. El paisaje era precioso, aunque lo noté bastante turistificado, así que me las di de Indiana Jones y tomé un sendero alternativo cercano al circuito que te suelen recomendar.
En aquella senda acabamos cruzándonos con una familia italiana. Ellos iban con un niño que tendría unos siete años de edad y que no paraba de quejarse como solo puede quejarse un niño algo pejiguero que, además, es italiano.
En un momento dado el padre de la familia italiana y yo nos miramos como diciendo “nos hemos pasado de listos, por aquí no hay nada que ver y nos estamos alejando demasiado”.
Cuando tomamos la decisión, sin hablarnos, de dar media vuelta, ocurrió la magia.
Decenas de mariposas, o puede que centenares, aparecieron de la nada y comenzaron a revolotear a nuestro alrededor.
–¡Farfalle! –gritó cambiando su actitud de la noche al día el niño italiano, que ya no parecía tan cargante.
Yo desconocía que en italiano mariposa se dice farfalla (farfalle en plural) y me pareció una palabra con una sonoridad preciosa.
Horas después de aquello y de acabar la excursión, me quedé pensando.
Farfalla, butterfly, mariposa… ¿Por qué el término que se usa para denominar a las mariposas en distintos idiomas parece no tener ningún origen común?
La mayoría de lo que nombramos en occidente suena parecido en distintos idiomas porque comparten una raíz común en las antiguas lenguas indoeuropeas: latín, griego, sánscrito, lenguas germánicas… (las lenguas orientales y las semíticas como el árabe o el hebreo, van aparte)
Por ejemplo la etimología de la palabra mesa viene del latín, donde los romanos usaban tanto mensa como tabula.
De ahí sale:
Español: mesa (de mensa), tabla (de tabula)
Italiano: tavola
Francés: tableau
Inglés: table
Todo igual, pero con las mariposas no pasa eso.
Me puse e investigar y me quedé alucinado:
Los franceses las llaman papillon (y en catalán se dice papallona), del latín papilio, que se cree que quizá imitaba el sonido de su aleteo.
En alemán les dicen schmetterling, algo así como “la criatura de la nata”, porque existía la leyenda de que eran pequeñas brujas disfrazadas que rondaban los cubos de leche.
En inglés, butterfly, “la mosca de la mantequilla”, por la misma leyenda de brujas ladronas de lácteos.
En griego antiguo, psyche, que significa “alma”: veían en la mariposa la imagen del espíritu abandonando el cuerpo.
En ruso, babochka, de baba, “abuela”: los eslavos creían que las ancianas (y parece que también las brujas en algunas tradiciones) se convertían en mariposas al morir.
En portugués borboleta. Podría venir también del latín papilio (la misma raíz que el francés papillon), ya que lingüísticamente los sonidos "p" y "b" están relacionados. O puede que no.
En italiano, como decía el niño ya no tan molesto, farfalla, cuyo origen nadie ha resuelto del todo, aunque a mí me parece preciosa (quizá es otra onomatopeya del aleteo, quizá viene de alguna raíz árabe, quizá del latín: una serie de quizás encadenados).
Y en español decimos mariposa, que se cree que viene de “María, pósate”, una oración que después evolucionaría a canción infantil y que invocaba a la Virgen para que el bichito se detuviera. Al menos, eso recoge Joan Corominas en su Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico
Nueve idiomas. Nueve palabras que no se parecen en nada. Apenas alguna raíz común. Ni un sonido compartido. Nada.
Esto no es lo normal. Y entonces tuve un pensamiento bastante bonito.
En algún momento, varias personas de distintas épocas y distintos lugares, sin ninguna conexión entre sí, se cruzaron con una mariposa por primera vez y tuvieron la responsabilidad de ponerle nombre.
¿Cómo llamarías hoy a un ser así de no tener ninguna referencia?
Pienso en que se posaría un instante. Y en esas personas imaginando cómo llamarla.
Cada grupo llegó a una solución completamente distinta.
Su solución original.
Unos vieron brujas. Otros vieron almas. Otros escucharon canciones. Otros simplemente intentaron amplificar el inaudible sonido de su vuelo.
Ninguno copió. Ninguno buscó en un archivo qué habían dicho los demás. Cada solución fue genuinamente única.
Esto me hizo pensar también en la inteligencia artificial.
No para demonizarla (la uso cada día y me parece útil), sino para entender sus límites.
Una IA jamás podrá nombrar por primera vez una mariposa. Y creo que tampoco crear nada que sea completamente nuevo.
Forma parte de su propio entrenamiento y de sus propias limitaciones.
La IA se alimenta del mismo sustrato: millones de textos de internet, de libros, de conversaciones... Todo mezclado, promediado, suavizado, estandarizado.
Cuando le pides que nombre algo nuevo, busca en ese archivo. Combina. Mezcla. Propone variaciones de lo que ya existe.
Pero no tiene la experiencia de ver una mariposa posarse en un campo al atardecer y decidir, desde su propia historia y sus propias creencias, cómo llamarla y cómo le va a decir a sus congéneres por qué cree que ese es un buen nombre.
La IA no tiene brujas que roban mantequilla. No tiene abuelas que se convierten en insectos. No tiene canciones infantiles cantadas en un pueblo cualquiera hace quinientos años.
Tiene patrones, moldes, promedios.
Y los moldes, por definición, nunca darán algo original.
También creo que esto va más allá de la IA.
Creo que cuanto más consumimos el mismo contenido (las mismas redes, los mismos algoritmos, los mismos libros, la misma música, las mismas series, los mismos referentes, las mismas ideas), más nos parecemos en cómo nombramos las cosas.
Más nos cuesta llegar a soluciones distintas.
Más tendemos a buscar en el archivo antes que en lo que somos.
Quizá por eso me gustó tanto explorar la etimología de la palabra mariposa.
Porque me recuerda que hubo un tiempo en que nombrar algo era un acto de creación pura. Sin Google. Sin poder hacerle una foto y pasarlo a una IA. Sin referencias cruzadas. Sin “inspiración” de lo que ya había tenido sentido para otros.
Solo una persona. Un insecto con alas de colores. Y la necesidad de crear una palabra que contuviera todo su significado.
A veces pienso que escribir y compartir ideas hoy consiste un poco en eso: en intentar nombrar las cosas como si fuera la primera vez. Como si no supiéramos cómo las llaman los demás.
Como si tuviéramos que inventar nuestra propia mariposa.
Nos escribimos 👋
Víctor
PD: Si este texto te ha gustado de alguna forma, y usas IA en tu día a día profesional o te gustaría hacerlo, pero siempre poniendo por delante tu criterio, quizá te interese echar un ojo a Más Listo que la IA, el programa para utilizar IA poniendo lo humano por delante que he creado con mi colega Guillermo Gascón. La semana que viene sube de precio y a los que ya han confiado les está gustando mucho.
PD2: A mí farfalla me parece la más bella de todas, por cierto. Suena exactamente a lo que es: algo que aletea suave, casi onomatopéyico. Aunque su etimología real sean esos “quizás” encadenados que nadie ha podido resolver del todo.



Qué relato tan maravilloso!! Me encanta las maneras únicas de nombrar a las mariposas. Borboleta fue una de las primeras palabras que aprendí hace muuuchos años en portugués. Adoro las mariposas y siento total felicidad cuando las veo. Y si se me posa alguna, es realmente mágico. Te sientes tocada por el mismo Creador!!
Hermoso, me encanta buscar la etimología de las palabras. Y cuánta razón, la IA jamás podrá inventar nuevas palabras, o darle un nombre a una nueva especie o idea.
Y claro, si todos leemos lo mismo o usamos la misma IA, tarde o temprano comenzaremos a tener los mismos pensamientos y opiniones.